Mi experiencia en la Beatificación

Noviembre 19, 2005

Aun no despuntaba el alba cuando desperté. La cita para partir a la Perla Tapatía estaba pactada a las cinco de la mañana, justo el tiempo necesario para llegar al Rancho de San Joaquín ubicado en Lagos de Moreno, Jalisco, a un costado de las vías del ferrocarril, sitio donde tres jóvenes fueron brutalmente asesinados por profesar el amor a Cristo y a sus semejantes.

Aprovechamos los quince minutos de espera para desayunar un rico café caliente unos, tamales y atole otros mientras los hábiles conductores reparaban un pequeño desperfecto en el camión que nos trasportaba.

Casi al mediodía tomamos la desviación que nos acercaría lo más posible al lugar del martirio. El polvo y el calor nos sofocaban haciéndonos comprender en una mínima parte el camino que tuvieron que surcar el Padre Andrés Solá y sus compañeros mártires…

Al bajar del autobús cerca del millar de personas aguardaban la llegada de los religiosos que de varias naciones arribaron a la beatificación de los Mártires de San Joaquín. El P. Aitor Jiménez, C.M.F., que postuló a estos tres grandes hombres tomó la palabra y explicó parte de la vida de estos defensores de la fe.

Una vez terminado este acto nos encaminamos al lugar exacto del martirio casi a un kilómetro de distancia, a través de un sendero escarpado, entre nopales y espinas, donde cada paso nos cubría de polvo metiéndose por cada poro de nuestra piel.

Al llegar a la capilla, construida expresamente en honor de los mártires, nos dimos cuenta que sería insuficiente para la cantidad de personas que peregrinaron hasta el lugar de los hechos sin dejar de entonar un solo momento alabanzas al Señor.

Inmediatamente la celebración eucarística dio inicio, las familias buscaban un lugar donde escuchar la palabra de Dios, los matorrales y piedras hicieron de bancas y sombras, pues aunque una gran lona había sido puesta para proteger a los asistentes de los inclementes rayos solares la gente sobrepasó las expectativas de los misioneros claretianos.

Al finalizar la misa pudimos acercarnos a conocer la cruz martirial, lugar donde se ofrendaron flores a los caídos y donde las lágrimas desbordaron a las familias, que desde tierras lejanas, vinieron para ser testigos de la beatificación de los Mártires de San Joaquín.

Algunos fieles escalaron un poco más hasta las vías del tren, sitio histórico donde reposan los durmientes, mudos testigos del trágico acontecimiento, que a la postre, devendría en el martirio de aquellos valerosos jóvenes.

El regreso no fue menos azaroso, sin embargo, nunca se dejaron de escuchar alabanzas y loas a Cristo Rey.

Los habitantes de dicho lugar compartieron el pan y la sal a todos los ahí presentes y con la bendición del padre… que pidió a Dios nuestro Señor abundancia ni un solo feligrés careció de los sagrados alimentos.

Noviembre 20, 2005

El monumental Estadio Jalisco aguardaba la llegada de los peregrinos, que de distintos lugares y nacionalidades se reunieron para esta grandiosa celebración.

Las manecillas marcaban las dos de la tarde, y después de rodear todo el recinto ¡al fin! encontramos nuestra puerta. Al ocupar nuestros lugares nos percatamos que el inmueble se encontraba semivacío por lo que tristemente creímos que seríamos pocos los privilegiados en asistir a este encuentro único con Jesús y con nuestros nuevos Beatos. Grata fue nuestra sorpresa momentos después cuando al observar nuevamente el panorama nos percatamos de que no había espacio para uno más, abarrotando los casi 60,000 Espacios asignados para este irrepetible evento que muestra los esplendores de una gracia singular de DIOS: el martirio de Trece héroes de Jesucristo.

Conocimos la vida de todos los beatos mientras sus imágenes iban siendo descubiertas una a una y un cirio se encendía a un costado. Cientos de blancas palomas, significantes del Espíritu Santo, sobrevolaron el verde campo del estadio hasta superar la parte más alta de éste y continuar su travesía, esperando que a donde lleguen transmitan la paz y armonía que reinaba entre todos los asistentes a este magno evento, mismos que inundados de la gracia del Señor tomados de la mano para cantar el Padre Nuestro y entonar el Aleluya enmarcado con un cielo que se iba pintando con una mezcla de colores rojizos como realizados por un pincel especialmente para la ocasión y como para recordar la sangre derramada por estos fieles testigos.

En una ceremonia eucarística con más de 60 mil almas y presidida por el Sr. Cardenal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, acompañado por el Nuncio Apostólico en México, Giuseppe Bertello, los 13 mexicanos se sumaron al grupo de santos y beatos en nuestro país y que ahora serán festejados cada año el 20 de noviembre, como una memoria a quienes ofrendaron su vida y derramaron su sangre en defensa de la fe en Cristo.

Uno de los momentos más especiales fue al inicio del Ofertorio. Las ofrendas fueron presentadas por fieles que portaban trajes autóctonos de las regiones a las que pertenecían los ahora beatos mártires. La procesión era encabezada por dos indígenas mexicas, que en sus manos llevaban ofrendas; de Jalisco iban dos charros; dos mujeres con trajes típicos de Michoacán; una de Veracruz que portaba un barco de vela hecho de madera a pequeña escala y dos señores más que cargaban en sus manos artesanías de Guanajuato. También el momento de la consagración en donde con mucha alegría pudimos, dichosos, ser invitados a la cena del Señor, pues aunque miles, en cada grada se encontraba un ministro especial Encargado de repartir el cuerpo y la sangre de Cristo por lo que desde este espacio les felicitamos por la extraordinaria organización.

Desde Roma, el Papa Benedicto XVI dirigió un mensaje referente a la beatificación. Un momento muy emocionante para todos los creyentes pues el representante de Cristo en la tierra tuvo a bien recordar parte de la historia que rememoramos, afirmando que los trece mártires católicos son "un ejemplo permanente" y un "estímulo" para testimoniar la fe en la sociedad actual.

El Papa, en un mensaje pronunciado en español tras el tradicional rezo dominical del Angelus, recordó que aquellos católicos, diez laicos y tres presbíteros que vivieron entre 1876 y 1931, "afrontaron el martirio por defender su fe cristiana".

"En esta solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, al que invocaron en el momento supremo de entregar su vida, ellos son para nosotros un ejemplo permanente y un estímulo para dar un testimonio coherente de la propia fe en la sociedad actual", afirmó Benedicto XVI ante miles de personas congregadas en la Plaza de San Pedro.

El Papa envió un saludo particular a "mis hermanos obispos de México, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles que, en la arquidiócesis de Guadalajara, participan en la beatificación", e impartió la bendición apostólica "con gran afecto a todos los fieles mexicanos".

Para cerrar con broche de oro, una serie de fuegos artificiales iluminó el cielo de Guadalajara anunciando la Beatificación de los mártires al mundo.

Son los siguientes: los laicos Anacleto González Flores y siete compañeros: José Dionisio Luis Padilla Gómez, los hermanos Jorge Ramón y Ramón Vicente Vargas González, los hermanos José Luciano Ezequiel y J. Salvador Huerta Gutiérrez, Miguel Gómez Loza, y Luis Magaña Servín, martirizados en Guadalajara, en los años 1927-1928; el sacerdote José Trinidad Rangel Montaño, el padre Andrés Solá Molist, claretiano, y el laico Leonardo Pérez Larios, que murieron en el Rancho de San Joaquín, en 1927; el sacerdote Ángel Darío Acosta Zurita, martirizado en Veracruz en 1931; y el muchacho José Sánchez del Río, martirizado en Sahuayo, Michoacán, en 1928.

Lic. Nancy Ceballos

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